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Hace 500 años, el Fray dominico Tomás de Berlanga, descubrió accidentalmente las Islas Galápagos, cuando viajaba de Panamá hacia Perú. El barco en el cual viajaba con destino a Lima, fue llevado a la deriva por las corrientes marinas del Pacífico, llegando a las Islas Encantadas el 14 de Marzo de 1535. Los navegantes españoles describieron a estas tierras incógnitas como “Las Encantadas” por el misterio que presentaban al aparecer y desaparecer entre la niebla del mar Pacifico; daba la sensación que eran las tierras y no el barco el que se movía.

El Obispo Berlanga tenía mucha influencia política en la Corte de España, por lo que fue enviado a resolver asuntos políticos y de mediación entre los conquistadores Pizarro y Almagro. Humanista, religioso y aventurero, Tomás Martínez Gómez -su verdadero nombre- pertenecía a una antigua familia de hidalgos de provincia. El 23 de febrero de 1535 se embarcó en Panamá con rumbo sur y con vientos favorables, pero al octavo día de navegación, una misteriosa corriente empujó al barco mar adentro, sin que los remeros pudieran controlar la embarcación, al punto que dejaron de ver la costa y se encontraron náufragos en medio del océano, llevados bajo los efectos de una corriente cálida, sin que el Obispo y sus compañeros conocieran el destino que les esperaba.

Los escasos víveres y la poca agua se convirtieron en el tormento diario de sed. Ninguna nube prometía lluvia y los padecimientos se hicieron cada vez más intensos; cuando el 14 de marzo después de varios días de tanta penuria, divisaron costas altas en el horizonte y hacia allá enrumbaron, arribando a una tierra nueva y extraña. Dos días estuvieron vagando por un laberinto de peñascos y quebradas, farallones y cráteres y comiendo los tallos y hojas de los cactus para apaciguar la sed. “El abrupto paisaje era desolado y lleno de misterio, sin señal alguna de vida humana; las rocas estériles, animales desconocidos, monstruosas iguanas y lagartos que no huían de la presencia del hombre; las grandes masas de rocas volcánicas que cubrían las playas y que parecía como si Dios hubiera algún tiempo hecho llover piedras”, escribió el Obispo al Rey de España. Todo sobrecogía el ánimo de los perdidos navegantes que imaginaban haber sido arrebatados a una región embrujada y pavorosa.

Un domingo, después de misa en la playa, los náufragos se dispersaron en grupos de a dos y de a tres, por las quebradas, para buscar agua. Al final, cuando ya todos pensaban que morirían de sed, un grupo encontró el vital elemento y pudieron calmar sus sufrimientos, llenando los barriles y cántaros vacíos que traían en el barco. Algunos historiadores piensan que Isabela y Floreana fueron las islas visitadas, por la descripción de grandes sierras, ya que la mayoría de las islas en el archipiélago son islas bajas y muy secas.

En 1537 Berlanga renunció al Obispado y regreso a España, para fundar un convento dominicano en su pueblo de origen. En Berlanga también hizo donaciones de rentas a doncellas huérfanas y fundó varias capellanías. Falleció el 8 de agosto de 1551, y fue sepultado en la Capilla Mayor de la Colegiata de Berlanga.

Tomás de Berlanga fue el primero en realizar descripciones oficiales de las Galápagos, así lleva el título de “Descubridor”. En las islas, las calles y centros escolares recuerdan la figura del fraile y sus aportaciones como precursor en unir el Atlántico con el Pacífico.

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